Me ha llamado la atencion la contraportada de La vanguardia del día de hoy en la que se entrevista al psiquiatra Christophe Dejours Catedrático de Psicoanálisis-Salud-Trabajo en el Conservatoire National des Arts et Métiers, donde dirige el laboratorio de Psicología del Trabajo.

Este psiquiatra que lleva tres décadas estudiando el efecto del trabajo sobre nuestra salud describe un panorama desolador: la cantidad ha sustituido a la calidad; la gestión del trabajo, ejercida por directivos que poco saben de lo que deben gestionar y sus herramientas de evaluación, la precarización y la inseguridad convierten trabajar en un infierno lleno de enfermos y hacen el sistema poco productivo… “Pero las elites económicas y los estados prefieren el control que ejercen a través del miedo a la productividad”. El resultado es un tejido social enfermo y una tendencia a los sistemas totalitarios.

El trabajo es parte esencial de nuestra identidad y por tanto puede ser el vehículo para nuestra realización o para nuestra destrucción. Desde finales de los años noventa se ha dado una transformación muy profunda de la organización del trabajo. Los técnicos e ingenieros han sido reemplazados por gestores que, se encargan de la gestión de costes: de stocks, del tiempo, del personal; y sus herramientas, la evaluación individual del trabajo, los criterios de certificación, las normas ISO…, ya no miden la calidad del trabajo sino la cantidad.

La evaluación individual provoca la competitividad generalizada, lo que altera profundamente las relaciones en el trabajo donde la ayuda mutua desaparece. Es el sálvese quien pueda instalando la desconfianza y el miedo, lo que provoca diversas patologías. Los trastornos musculoesqueléticos son la enfermedad profesional que más aumenta en Francia y no se debe a una mala postura, no, se trata de tensión, afecta a todo tipo de trabajadores y es una catástrofe en la salud pública. También aumentan el burn out y el karoshi, o muerte por un exceso de trabajo que, es ocasionada por una hemorragia cerebral sin que hubiera ningún factor de riesgo cardiovascular. Y se ha disparado el consumo de drogas para aguantar el ritmo de trabajo. Sabemos que en las cadenas de montaje se consume cocaína.

Aumentan los suicidios en el lugar detrabajo porque la estandarización a través de la aplicación de protocolos crea entre los profesionales mucho sufrimiento ético. Comerciales, médicos, jueces, anestesistas los aplican sabiendo que en muchos casos las repercusiones serán nefastas. Es un fenómeno nuevo que apareció en el año 2000 y se da en todos los países occidentales. En France Télécom en seis meses en el 2009 se suicidaron 35 personas, y un total de 60 entre el 2007 y el 2010. Se manifiesta en personas dedicadas, sólidas y bien estructuradas cuya organización los impulsa a contribuir en prácticas que ellos condenan: empleados de centros de llamadas que se ven obligados a mentir al cliente; médicos a los que se les pide que detengan la reanimación de un paciente para recuperar los órganos para trasplantes para aumentar el rendimiento de un hospital…

El trabajador es más sumiso que nunca porque la evaluación personal ha destrozado la solidaridad y la confianza. En las multinacionales ves que los ingenieros con mesas continuas prefieren comunicarse por e-mail. La gente tiene miedo los unos de los otros.

La presión es tan grande que nunca se habían visto tantas prejubilaciones. En los hospitales en Francia hay miles de puestos vacantes para médicos jefes de servicio.

¿Por qué lo toleramos?

Destruida la solidaridad, las estrategias que desarrollamos para defendernos de esa presión laboral a nivel colectivo pasan por intentar integrar el sufrimiento. Hoy la mano de obra se basa en la subcontratación en cascada, el trabajo precario. Los obreros le dan la vuelta asumiendo el riesgo laboral como un juego. Son habituales las novatadas, en las que obligan al nuevo a trepar sin arnés al edificio en construcción y allí lo suspenden colgando de una grúa y lo columpian en el aire.

La solución es la cooperación horizontal, vertical, con los clientes, y transversal (entre médico y paciente, profesor y alumnos, productor y consumidor). El resultado es una mayor productividad porque optimiza el tiempo, la eficacia y la calidad. Pero las multinacionales y los estados prefieren perder en calidad y en salud mental y ganar en dominio y control, porque eso debilita la posibilidad de que la gente se organice y proteste. Cada vez hay menos huelgas y el sistema parece que no va a cambiar.

Pese a que hay señales claras de que el modelo está en crisis y que destruye el tejido social y la democracia, de ahí la ascensión de la derecha en toda Europa. Y además, este modelo se impone porque muchos colaboran: ejecutivos, gerentes, personal de recursos humanos, supervisores y técnicos que contribuyen a la flexibilización del trabajo, el abuso y la precariedad sabiendo que es moralmente reprobable. Su manera de aguantar es no pensar centrándose en el trabajo y obedeciendo, unque a ellos tambien les afecta. Muchos padecen estrés y trastornos cognitivos: no pueden distinguir lo que es justo y lo que es injusto, e incluso lo que es verdad de lo que es falso en la propia naturaleza del trabajo.