La reducción al absurdo es una técnica matemática que, aplicada a la psicología consigue solucionar conflictos que pareceren irresolubles. Si quieres demostrar tu propuesta y no consigues hacerlo directamente, creas un mundo paralelo en que tu proposición favorita sea falsa y, en un ejercicio tenaz de crueldad filosófica, deduces que ese mundo es absurdo y no hay por donde cogerlo. Por el contrario, si quieres convencer a alguien de que su idea es errónea, no se lo digas directamente: muéstrale adónde conduce su idea si se lleva al extremo. Él mismo lo entenderá entonces.

La estrategia psicológica de que nos pongamos en el lugar del otro suele ser un error en los conflictos. Si el otro es malo por naturaleza, ponerse en su lugar solo ayuda a odiarlo. Lo difícil no es entender al otro, sino hallar el máximo común divisor que aún te permite alcanzar un acuerdo con él. Se puede cambiar la forma en que la gente ve las situaciones, pero no con mensajes explícitos, que suelen resultar contraproducentes, sino con manipulaciones inteligentes que lleven a la reducción al absurdo.

La utilización del pensamiento paradójico enfría las posiciones de los más radicales. Por ejemplo, en una situación de conflicto militar, bombardear la mente de los contendientes con mensajes como “la guerra produce heroes, así pues necesitamos el conflicto” o “para mantener nuestro bienestar necesitamos la guerra” ayuda a “descongelar” la mentalidad de los bloques enfrentados. El pensamiento paradójico ayuda con los más radicales porque evoca bajos niveles de desacuerdo: no les llevan la contraria de forma directa, un enfoque erróneo que ya se sabe que será contraproducente. No despierta esa disonancia en el cerebro porque no pone en tela de juicio su sistema de creencias, sino que simplemente deja en mal lugar la imagen de su grupo, lo que invita a replantear cómo mejorarla.

 

https://elpais.com/elpais/2018/01/09/ciencia/1515499458_662083.html

http://journals.sagepub.com/doi/abs/10.1177/0146167217736048