El abandono de perros no hace un mundo mejor

El abandono de perros no hace un mundo mejor

España, desgraciadamente ostenta el liderazgo en el ranking de abandono de perros en Europa.

Cada año son abandonados más de 100.000 perros, aunque no son las únicas mascotas abandonadas, si son las más numerosas. Con la llegada de las vacaciones de verano llega el pico de máximo abandono anual.

¿Y qué sucede con estos animales?. Pues que, esta estadística sólo incluye a aquellos que son entregados a la protectora, en su mayoría por la policía o particulares. De estos, menos de la mitad son adoptados y del resto, un tercio son sacrificados.

El trato que da una sociedad a los animales, especialmente a los de compañía es un claro indicador de la calidad moral y ética de la misma.

¿Acaso no se dan cuenta del sufrimiento que le supone a un perro que se vea abandonado por lo que para él es su familia?

¿Acaso saben sus propietarios que un perro nunca abandonaría a sus dueños y  que incluso daría su vida por defenderlos de una amenaza?

Desde luego, queda un largo recorrido para solucionar este problema. La educación es básica (un perro no es un juguete), pero me temo que de no haber medidas coercitivas como multas ejemplares, el abandono de estos animales continuará.

La vejez en un mundo mejor

La vejez en un mundo mejor

La vejez, la senectud. El senado proviene del latín senatus, el equivalente al presbítero de los griegos. Antes, en todas las sociedades, se dirigían a los ancianos para ser aconsejados o como mediadores. No obstante, en las últimas décadas, la visión de la vejez ha cambiado drásticamente, paralelamente al auge del culto al cuerpo que se ha producido en las sociedades desarrolladas.

Los ancianos han dejado de ser respetados como fuente de conocimiento y de mediación en conflictos. Hoy en día se les considera una carga y sólo se recurre a ellos en determinadas situaciones, como para pedirles que ocupen el papel de los padres en la crianza de los niños o para pedirles dinero que han ido ahorrando lo largo de su vida. Ambas, son situaciones que denotan egoísmo y obligan a nuestros ancianos a aceptar cargas y compromisos abusivos.

Ellos, los viejos, pertenecen a unas épocas en la que el nosotros estaba por delante del yo. No veían el sacrificio ni la entrega a la familia como una carga sino como una responsabilidad de la que disfrutaban.

Es probable que, el creciente egoísmo e individualismo tenga mucho que ver. Los medios nos “bombardean” con continuas referencias al consumo como fuente de felicidad. A la imagen y el éxito profesional como objetivo de una vida plena. Automóviles más nuevos, televisores con más prestaciones, vacaciones en lugares paradisiacos, cosméticos e intervenciones quirúrgicas,  gimnasios, recomendaciones sobre alimentación saludable. Todo con falsa promesa de una eterna juventud. En algunas sociedades, incluso se da a entender que la enfermedad y muerte es consecuencia de los excesos y la mala vida que llevamos. Hay centros que conservan criogenizados a los muertos a la espera de que en un futuro aparezca un remedio para la enfermedad que les causó la muerte.

Redes sociales perfectamente diseñadas para provocar la dependencia de los usuarios, necesitados de muchos “likes” o  seguidores y supuestos amigos cibernéticos para potenciar la autoestima, pero con costes no valorados, como la desatención a las personas más cercanas: pareja, hijos, familiares, amigos de verdad. Se extiende la impresión de que si no estás en el ciberespacio no existes y si estás, pones a la venta tu intimidad sin recibir nada a cambio por la información personal que comercializan sobre ti.

La palabra muerte se elude y si alguien muere se dice que se ha ido. Los muertos se exponen en fríos tanatorios y sus restos son incinerados. Se acaban las visitas a los familiares fallecidos porque ya no hay tumbas para ellos en los cementerios. Cuando la enfermedad empieza a hacer mella en su salud, en lugar de cuidarlos como hicieron ellos cuando éramos niños, los encerramos hipócritamente por su bienestar en depósitos para viejos hasta que su vida se apague en la soledad de la ausencia de sus seres queridos.

En el manicomio global se sobrevalora la juventud y la imagen al tiempo que se infravaloran los conocimientos que sólo la edad puede otorgar y solo se ven las arrugas como un signo de decrepitud.

 

 

 

 

Por la justicia y la devolución del dinero espoliado a los españoles en un mundo mejor

Por la justicia y la devolución del dinero espoliado a los españoles en un mundo mejor

Durante las últimas décadas, hemos observado un espolio del dinero aportado por los españoles a las arcas del Estado. El recate bancario o fondo de reestructuración ordenada bancaria (FROB) nos ha supuesto, de momento, 75.000 millones de euros, lo que equivale aproximadamente a 15.000 euros por familia. El rescate de las autopistas de peaje nos puede costar 4.500 millones de euros.  Los aeropuertos fantasma han tenido un coste de unos 1.500 millones de Euros.

La sangría económica continúa con las inversiones sin utilidad de los ayuntamientos y comunidades autónomas.

La deuda pública en España en 2017 era de 1.144.629 millones de euros, lo que representa el 99% de P.I.B.; cada español debe por este concepto  más de 25.000 euros.

La última  amnistía fiscal recaudó únicamente 1.200 millones de los 40.000 millones defraudados.

Los escándalos por el cobro de comisiones y la malversación de fondos públicos están a la orden del día y están implicados todos los eslabones de la administración española, salpicando incluso a la familia real.

Por todo esto, no hay dinero para invertirlo en servicios básicos que, padecen continuos recortes: sanidad, educación, seguridad, pero también ha supuesto un empobrecimiento de la población por la bajada de los salarios y los contratos basura. En 2017 había más de un millón doscientos mil hogares con todos sus miembros en paro. Un total de 1.163.700 personas en España viven en hogares en los que no entra ningún tipo de ingresos, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) en 2017.

Es precisa la movilización social para reclamar la devolución a la ciudadanía lo que es de ella, para hacer justicia y que se creen los mecanismos necesarios  para recuperar el dinero que está en manos de los beneficiarios de la corrupción. También es imprescindible la implicación de políticos honestos, de fiscales, jueces y abogados para promulgar leyes que permitan recuperar el dinero expoliado y llevar el caso si es necesario a los órganos judiciales europeos. Y por supuesto de la labor de los cuerpos policiales y los periodistas en la investigación que permita que salga a la luz hasta el último euro robado.

Este país necesita recuperar su dignidad.

Me gustaría que, quien leyese esto, lo difundiera por las redes sociales y sus contactos para que la presión social y legal obligue a los responsables a devolver el dinero expoliado.

La degradación del trabajo nos enferma

La degradación del trabajo nos enferma

Me ha llamado la atencion la contraportada de La vanguardia del día de hoy en la que se entrevista al psiquiatra Christophe Dejours Catedrático de Psicoanálisis-Salud-Trabajo en el Conservatoire National des Arts et Métiers, donde dirige el laboratorio de Psicología del Trabajo.

Este psiquiatra que lleva tres décadas estudiando el efecto del trabajo sobre nuestra salud describe un panorama desolador: la cantidad ha sustituido a la calidad; la gestión del trabajo, ejercida por directivos que poco saben de lo que deben gestionar y sus herramientas de evaluación, la precarización y la inseguridad convierten trabajar en un infierno lleno de enfermos y hacen el sistema poco productivo… “Pero las elites económicas y los estados prefieren el control que ejercen a través del miedo a la productividad”. El resultado es un tejido social enfermo y una tendencia a los sistemas totalitarios.

El trabajo es parte esencial de nuestra identidad y por tanto puede ser el vehículo para nuestra realización o para nuestra destrucción. Desde finales de los años noventa se ha dado una transformación muy profunda de la organización del trabajo. Los técnicos e ingenieros han sido reemplazados por gestores que, se encargan de la gestión de costes: de stocks, del tiempo, del personal; y sus herramientas, la evaluación individual del trabajo, los criterios de certificación, las normas ISO…, ya no miden la calidad del trabajo sino la cantidad.

La evaluación individual provoca la competitividad generalizada, lo que altera profundamente las relaciones en el trabajo donde la ayuda mutua desaparece. Es el sálvese quien pueda instalando la desconfianza y el miedo, lo que provoca diversas patologías. Los trastornos musculoesqueléticos son la enfermedad profesional que más aumenta en Francia y no se debe a una mala postura, no, se trata de tensión, afecta a todo tipo de trabajadores y es una catástrofe en la salud pública. También aumentan el burn out y el karoshi, o muerte por un exceso de trabajo que, es ocasionada por una hemorragia cerebral sin que hubiera ningún factor de riesgo cardiovascular. Y se ha disparado el consumo de drogas para aguantar el ritmo de trabajo. Sabemos que en las cadenas de montaje se consume cocaína.

Aumentan los suicidios en el lugar detrabajo porque la estandarización a través de la aplicación de protocolos crea entre los profesionales mucho sufrimiento ético. Comerciales, médicos, jueces, anestesistas los aplican sabiendo que en muchos casos las repercusiones serán nefastas. Es un fenómeno nuevo que apareció en el año 2000 y se da en todos los países occidentales. En France Télécom en seis meses en el 2009 se suicidaron 35 personas, y un total de 60 entre el 2007 y el 2010. Se manifiesta en personas dedicadas, sólidas y bien estructuradas cuya organización los impulsa a contribuir en prácticas que ellos condenan: empleados de centros de llamadas que se ven obligados a mentir al cliente; médicos a los que se les pide que detengan la reanimación de un paciente para recuperar los órganos para trasplantes para aumentar el rendimiento de un hospital…

El trabajador es más sumiso que nunca porque la evaluación personal ha destrozado la solidaridad y la confianza. En las multinacionales ves que los ingenieros con mesas continuas prefieren comunicarse por e-mail. La gente tiene miedo los unos de los otros.

La presión es tan grande que nunca se habían visto tantas prejubilaciones. En los hospitales en Francia hay miles de puestos vacantes para médicos jefes de servicio.

¿Por qué lo toleramos?

Destruida la solidaridad, las estrategias que desarrollamos para defendernos de esa presión laboral a nivel colectivo pasan por intentar integrar el sufrimiento. Hoy la mano de obra se basa en la subcontratación en cascada, el trabajo precario. Los obreros le dan la vuelta asumiendo el riesgo laboral como un juego. Son habituales las novatadas, en las que obligan al nuevo a trepar sin arnés al edificio en construcción y allí lo suspenden colgando de una grúa y lo columpian en el aire.

La solución es la cooperación horizontal, vertical, con los clientes, y transversal (entre médico y paciente, profesor y alumnos, productor y consumidor). El resultado es una mayor productividad porque optimiza el tiempo, la eficacia y la calidad. Pero las multinacionales y los estados prefieren perder en calidad y en salud mental y ganar en dominio y control, porque eso debilita la posibilidad de que la gente se organice y proteste. Cada vez hay menos huelgas y el sistema parece que no va a cambiar.

Pese a que hay señales claras de que el modelo está en crisis y que destruye el tejido social y la democracia, de ahí la ascensión de la derecha en toda Europa. Y además, este modelo se impone porque muchos colaboran: ejecutivos, gerentes, personal de recursos humanos, supervisores y técnicos que contribuyen a la flexibilización del trabajo, el abuso y la precariedad sabiendo que es moralmente reprobable. Su manera de aguantar es no pensar centrándose en el trabajo y obedeciendo, unque a ellos tambien les afecta. Muchos padecen estrés y trastornos cognitivos: no pueden distinguir lo que es justo y lo que es injusto, e incluso lo que es verdad de lo que es falso en la propia naturaleza del trabajo.

La contaminación provoca más muertes que las guerras.

La contaminación provoca más muertes que las guerras.

La contaminación provoca 15 veces mas muertes que todas las guerras En 2015 provocó el fallecimineto de 9 millones de personas, el 16% del total de defunciones de ese año. Para el epidemiólogo y pediatra de la Escuela de Medicina Icahn en Mount Sinai de Nueva York (EE UU), Philip Landrigan, autor del informe, la contaminación es uno de los mayores retos de la era del antropoceno, que es como se ha dado en llamar a la actual era geológica en que vivimos, extremadamente modelada por las actividades humanas.

La contaminación, subraya, pone en peligro la estabilidad de los sistemas ecológicos que sustentan la Tierra y amenaza la supervivencia de las sociedades humanas. “A pesar de sus efectos de largo alcance sobre la salud, la economía y el medio ambiente, la contaminación no ha sido tenida en cuenta ni en las agendas de salud mundial ni en la ayuda internacional”.

La polución atmosférica causa la muerte de una manera desproporcionadamente mayor en las personas pobres y vulnerables. Cerca del 92% de esos decesos se producen en los países de ingresos bajos y medianos. En general, las enfermedades que provoca tienen su máxima prevalencia en los grupos minoritarios y en los individuos marginados. Entre ellos, los niños son una de las poblaciones de mayor riesgo, porque “incluso exposiciones a dosis extremadamente bajas de contaminantes durante los periodos de especial vulnerabilidad en la vida intrauterina y la primera infancia puede conducir a la enfermedad, invalidez y muerte en la infancia o a lo largo de toda la vida”, señala el estudio.

Un problema a nivel planetario (con solución)

El informe deja claro que la contaminación pone en peligro la salud planetaria, destruye ecosistemas y está íntimamente relacionada con el cambio climático mundial: “La quema de combustibles es la causa de un 85% de la contaminación por partículas transportadas por el aire y de casi toda la contaminación por óxidos de azufre y nitrógeno y gases de efecto invernadero y contaminantes que conducen al cambio climático”, recoge.

Siempre pensamos que la contaminación la producen las grandes industrias. Nada más lejos de la realidad. ¿Los mayores agentes emisores? Los vehículos que utilizan carburantes derivados del petróleo, y a más distancia, también las centrales eléctricas, las plantas químicas, la minería y la deforestación. La buena noticia es que la contaminación puede ser eliminada en gran parte. De hecho, en los países que han desarrollado decididas medidas para mejorar la calidad del aire y del agua los resultados han sido espectaculares.

Uno de los países más decididos a luchar contra esta lacra es precisamente China. En Beijing, por ejemplo, se han impuesto fuertes restricciones al tráfico rodado y se ha decidido trasladar fuera de la ciudad las plantas industriales alimentadas con carbón. Además, el gobierno chino lleva a cabo una campaña sistemática de control medioambiental de las empresas en varias partes del país para comprobar que realmente están reduciendo sus emisiones, lo que redunda en una mejora de las instalaciones industriales.

Eso sí, quizás hubieran podido empezar un poco antes: las medidas fueron implementadas tras la alarma social causada por varios episodios de niveles de contaminación descomunales, lo que se ha denominado popularmente como airpocalypse (el apocalipsis del aire).  Especialmente en 2013, en la capital y también en otras 12 provincias del país, los índices de contaminación atmosférica rebasaron todos los límites, incluso los del dispositivo que las analiza, que como máximo marca 500 partículas PM2,5 —es decir, con un tamaño inferior a 2,5 micras— por metro cúbico: en ciertos momentos, el aire de la capital de China albergó hasta 886 microgramos (µg) por metro cúbico. ¿Es eso mucho? Bueno, según China, los niveles por encima de 200 son dañinos para la salud… Según la OMS, no deberían exceder de forma continuada los 25 µg/m3.

Las cifras son conservadoras, añade: “Los contaminantes incluidos en el estudio son únicamente las partículas en suspensión, el ozono, el plomo y el radón, mientras que entre los que han quedado sin contabilizar destacan el ruido, los óxidos de nitrógeno (NOx), los rayos UVA o los pesticidas.

Y hasta aquí sólo se ha comentado la contaminación atmosférica. Aún faltaría por abordar la contaminación del agua en los ríos, lagos, mares y aguas subterraneas que causa 1,8 millones de muertes anuales, así como la de los alimentos que ingerimos o las sutancias tóxicas a las que  os exponemos en nuestros puestos de trabajo

fuente:

https://elpais.com/elpais/2017/11/28/buenavida/1511864408_744990.html

https://www.infobae.com/america/medio-ambiente/2017/10/20/la-contaminacion-ambiental-ya-causa-mas-muertes-que-todas-las-guerras-en-el-mundo/

http://cadenaser.com/ser/2017/10/23/ciencia/1508755614_475822.html

 

 

 

El mal existe.

El mal existe.

Resultado de imagen de imagenes del genocidio nazi

El mal existe sí, pero ¿por qué?

La falta de empatía, es decir de la  ausencia de emociones ante hechos dañinos para las personas de nuestro entorno. Los psicópatas carecen de empatía y por lo tanto, sienten indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Una persona normal, ante un atropello se asustaría y se identificaría con el dolor de la víctima como algo propio, intentaría socorrerla, ayudarla o llamar a los servicios de emergencia, un psicópata no. El psicópata nace, no se hace. Se calcula que el 15 % de la población presenta características de psicopatía, pero suelen pasar desapercibidos porque al contrario de lo que muchos puedan pensar, la mayoría no son asesinos y saben distinguir entre el bien y el mal por aprendizaje, es decir, que aunque sientan el dolor ajeno, pueden ayudar a alguien porque es lo que se espera de ellos. Además, en la sociedad actual suelen ocupar puestos en los que precisamente se valora la falta de empatía: jefes de recursos humanos, militares etc. Paradójicamente, algunos de estos psicópatas pueden llegar a convertirse en personas admiradas, por su éxito profesional, ya que no tienen reparos en hacer lo que sea para alcanzar sus objetivos, o como héroes por el número de bajas que causan entre el ejército enemigo (aunque suela incluir civiles entre las víctimas).

Pero los verdaderos héroes también existen, es decir, personas que arriesgan su vida para salvar la de otros. Muchos han sido famosos, pero la mayoría son anónimos, exactamente igual que sus antagonistas: los psicópatas. No todos seríamos capaces de lanzarnos al mar en una tempestad para salvar a alguien, ni de rescatar a un niño que se encuentre en medio de tiroteo, por poner dos ejemplos, aunque os podéis imaginar muchos más.

Y entonces, qué es lo que hace que unas personas sean psicópatas y otros héroes. La neurociencia aporta una información crucial en el estudio de las diferencias cerebrales entre unos y otros. La corteza cerebral orbitofrontal relacionada con el procesamiento cognitivo de toma de decisiones, tiene una actividad inusualmente baja o nula en los psicópatas cuando se les muestran imágenes de catástrofes, personas asesinadas etc, mientras que en los héroes, esta parte del cerebro muestra una actividad más elevada de lo normal. Lo mismo sucede con la amígdala, mucho más activa en situaciones que generan emociones de mayor tamaño en los héroes que en los psicópatas. Esta estructura subcortical está implicada en el procesamiento y la respuesta a las emociones.

No obstante, a lo largo de la historia, hemos visto personas perfectamente normales que, en determinadas situaciones pueden comportase como monstruos. Los militares y civiles alemanes que antes y durante la  segunda guerra mundial discriminaron, primero y luego aceptaron como normal la aniquilación de millones de judíos y personas contrarias al nacionalsocialismo.  ¿Por qué el gobierno hegemónico de los hutus, provocó la masacre del 75% de los tutsis de Ruanda en la que participaron milicias y civiles? Y también recientemente en Europa la aniquilación de cientos de miles de kosovares por parte de los serbios. En todos los casos, la mayoría de las víctimas habían convivido tranquilamente con sus vecinos hasta que el continuo bombardeo psicológico con discursos de odio, el fomento de la creencia en la superioridad de unos frente a otros, responsabilizar al diferente  de todos los males, llegan a calar hasta tal punto en la población que, ven a los otros como enemigos, e incluso como “no personas”, lo que hace más fácil que no sientan su muerte o incluso la celebren.