La vejez en un mundo mejor

La vejez en un mundo mejor

La vejez, la senectud. El senado proviene del latín senatus, el equivalente al presbítero de los griegos. Antes, en todas las sociedades, se dirigían a los ancianos para ser aconsejados o como mediadores. No obstante, en las últimas décadas, la visión de la vejez ha cambiado drásticamente, paralelamente al auge del culto al cuerpo que se ha producido en las sociedades desarrolladas.

Los ancianos han dejado de ser respetados como fuente de conocimiento y de mediación en conflictos. Hoy en día se les considera una carga y sólo se recurre a ellos en determinadas situaciones, como para pedirles que ocupen el papel de los padres en la crianza de los niños o para pedirles dinero que han ido ahorrando lo largo de su vida. Ambas, son situaciones que denotan egoísmo y obligan a nuestros ancianos a aceptar cargas y compromisos abusivos.

Ellos, los viejos, pertenecen a unas épocas en la que el nosotros estaba por delante del yo. No veían el sacrificio ni la entrega a la familia como una carga sino como una responsabilidad de la que disfrutaban.

Es probable que, el creciente egoísmo e individualismo tenga mucho que ver. Los medios nos “bombardean” con continuas referencias al consumo como fuente de felicidad. A la imagen y el éxito profesional como objetivo de una vida plena. Automóviles más nuevos, televisores con más prestaciones, vacaciones en lugares paradisiacos, cosméticos e intervenciones quirúrgicas,  gimnasios, recomendaciones sobre alimentación saludable. Todo con falsa promesa de una eterna juventud. En algunas sociedades, incluso se da a entender que la enfermedad y muerte es consecuencia de los excesos y la mala vida que llevamos. Hay centros que conservan criogenizados a los muertos a la espera de que en un futuro aparezca un remedio para la enfermedad que les causó la muerte.

Redes sociales perfectamente diseñadas para provocar la dependencia de los usuarios, necesitados de muchos “likes” o  seguidores y supuestos amigos cibernéticos para potenciar la autoestima, pero con costes no valorados, como la desatención a las personas más cercanas: pareja, hijos, familiares, amigos de verdad. Se extiende la impresión de que si no estás en el ciberespacio no existes y si estás, pones a la venta tu intimidad sin recibir nada a cambio por la información personal que comercializan sobre ti.

La palabra muerte se elude y si alguien muere se dice que se ha ido. Los muertos se exponen en fríos tanatorios y sus restos son incinerados. Se acaban las visitas a los familiares fallecidos porque ya no hay tumbas para ellos en los cementerios. Cuando la enfermedad empieza a hacer mella en su salud, en lugar de cuidarlos como hicieron ellos cuando éramos niños, los encerramos hipócritamente por su bienestar en depósitos para viejos hasta que su vida se apague en la soledad de la ausencia de sus seres queridos.

En el manicomio global se sobrevalora la juventud y la imagen al tiempo que se infravaloran los conocimientos que sólo la edad puede otorgar y solo se ven las arrugas como un signo de decrepitud.